Sentipensemos, es más fácil ®

Lo más simple suele resultar lo más difícil: Reír cuando dá risa, llorar cuando las lágrimas lo piden, decir si a lo que se quiere, decir no a lo que no se quiere… Pero nos complicamos, entonces todo resulta tan difícil que parece imposible. Y la complicación no es porque seamos de por sí “complicados”, sino porque desconfiamos de nuestro sentir.

Tal es así que, por ejemplo, se hicieron investigaciones para determinar cada cuantos minutos es conveniente moverse y así evitar el sedentarismo. Inclusive ¡hay aplicaciones que te lo recuerdan! Disponer de esta información es mejor que nada, aunque es mucho más sencillo saber “escuchar” al cuerpo cuando dice estar cansado por haber pasado mucho tiempo quieto y pide que nos levantemos.

La sola información es una pobre caricatura de la sabiduría.

En cuanto a las emociones: Se siente lo que se siente. Si se siente tristeza… se siente tristeza. Simple. Inútil es juzgar si corresponde o no corresponde cualquier emoción. Primero: legitimar lo que se siente. Después vendrá el “por qué” y/o el “para qué” de ese sentimiento y qué hacer con él, en caso que se quiera hacer algo.

Los primeros homínidos aparecieron entre 25 y 5 millones de años atrás y nuestra capacidad de pensar data apenas de los últimos 40 mil años. O sea que recién empezamos a pensar en el último ratito de nuestra larga historia. Y estamos, en tanto especie, como “chicos con juguete nuevo”; jugamos con nuestra última adquisición evolutiva… queremos hacer todo pensando, olvidamos que llegamos hasta donde llegamos más por sentir que por pensar. De hecho, nuestras decisiones tienen más que ver con nuestro cerebro emocional que con el racional; seguimos siendo seres emocionales, a pesar del supuesto imperio de la razón.

Esto no significa que el pensamiento no sirva. Sirve y sirve mucho. ¿Pero a quién sirve? Le sirve a lo que sentimos. Veámoslo con otro ejemplo: sentir hambre sirve como señal a partir de la cual pensamos que acciones hacer para alimentarnos; además, pensar si hay hambre es muchísimo más difícil que sentir si se tiene hambre.

La razón está al servicio de las emociones. Pero nos enredamos cuando invertimos el orden. Y la venimos enredando bastante, tanto que terminamos desconfiando de nuestro sentir, no sabemos qué tan real es lo que sentimos. Dudamos sí sentimos atracción o rechazo por alguien o algo y terminamos racionalizando una y otra opción; por querer resolver el problema con la misma herramienta que lo creo… terminamos agravándolo.

Volviendo al ejemplo del hambre: Por habernos alejado tanto de las señales que sentimos en el cuerpo podemos terminar no dándonos cuenta si tenemos hambre; o no distinguimos si comemos por hambre, por ansiedad, por ganas de comer algo rico, o comemos sólo para compartir un rato con otros. Pero no es pensando como sabremos si es o no hambre. Sabremos qué sentimos conectándonos más con lo que estemos sintiendo, abriéndonos al sentir como para reconocer sus más variadas y sutiles diferenciaciones.

Podemos pensar mucho, pero sólo eso no nos hará sabios. Volvamos a la espontaneidad de nuestro sentir. Recuperemos las inteligencias implicadas en nuestro cuerpo físico y emocional para integrarla a la mental. Sintamos, pensemos y hagamos en la misma dirección; o dicho de otra manera: que lo que pensemos sirva para hacer lo que sentimos por naturaleza.

Juan A. Currado

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